Bajo la piel.

Ha pasado un año. ¡Joder, mírame!

Hoy me desperté con las certezas recorriendo las orillas del café. Intenté recordar cada paso maltrecho de aquel día del calendario para saber quizá en qué fue que me había equivocado.

No me encontré error aquella mañana y me vi tan loca, tan despeinada y tan imperfecta como entonces.

No logro recordar la cantidad de veces que he muerto delante de una hoja en blanco durante este año, el sentimiento es la lluvia bajo mi piel.

La primer puñalada fueron esas <24 llamadas perdidas>.

La segunda fue la imagen que no he logrado aún sacar del subconsciente.

La tercera… la cuarta… la quinta… En algún momento perdí el orden, mas un poco de la mujer que fui, fue quedando en cada una de ellas.

Dolorosos hasta los huesos fueron los interminables meses en hospitales contemplando -la mayor parte del tiempo- a través de un cristal. La vez que la enfermera (hispana) quiso ser migas conmigo y terminó rompiéndome las ilusiones. Me dijo: “Así como lo ves ahora, es lo mejor que lo has de ver” Por Dios, L. llevaba semanas en coma. Sentí que el piso se movió, la vista se nubló, el aire fue insuficiente.

Me apresuré a salir por los pasillos intentando huir de sus palabras. Corrí tanto como se pude hacerlo con tacones escaleras abajo, no quise tomar el elevador porque sentía que me ahogaba. Al llegar al estacionamiento me encontré con él y me le eché a los brazos como hace años no lo hacía, con toda la fragilidad que le es tan familiar al hombre. No recuerdo ni lo que dije, sólo le hice prometerme que nada de eso era verdad y que en algún momento volveríamos a ser felices. Él siempre ha sido un hombre de palabra.

Me he buscado en círculos y en línea recta durante estos meses -sin lograr encontrarme-.

Me busqué con el alma rota en unas manos vacías, en unos ojos que no tenían vista al mar, en un pecho que no tenia cajita de música. Fue error mío querer follarme este dolor con cualquier amor, cuando necesitaba un amor tan grande que pudiese remar entre la tormenta.

Seguí las lunas y ellas a mí, no florecí ni en primavera y en pleno verano moría de frío. No iba a resistir mucho, todos lo vieron venir, hasta yo.

Tan hoja que empecé a caer con el otoño y ahí ya no hubo manos que pudiesen sostenerme.

El camino, la búsqueda, la cicatrización, siguen su rumbo tomándome entre los dedos. No sé cuanto tiempo nos debemos, pero lo estamos intentando.

He vuelto a dormir sin aullidos, a comer con hambre, a reír a carcajadas, a amar sin miedo, a confiar a pesar de mí. No hay aprendizaje sin perdida. Y a mí la vida me está dando tanto, que no hay reproches ya, sólo le agradezco.

Aprendí a amar los momentos, el dolor. Aprendí a amarme en ellos. Al igual que amo la felicidad y la paz, que de a poco se va abriendo paso.

¡Ha pasado un año y mírame!

Paloma A. ~

Feb. 2/ Feb 2

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Miedo.

Contesto la pregunta sin siquiera tener que mirarme en los bolsillos. Por donde quiera que me busque solo encuentro miedo.

Miedo de ese que al anochecer es el monstruo bajo la cama, ese que arranca las palabras antes de escupirlas. Miedo de ese que obliga de nueva cuanta a medicar la ansiedad, aquel que no me suelta ni al fingir la risa, el mismo que lleva tiempo impidiéndo follarme las alegrías con las mismas ganas de antes.

¿A qué? A perderte, a perdernos, a qué en este derrumbe no haya rescatistas que logren encontrarnos.

Miedo a que la vida deje ser la que he conocido los últimos años, no me veo en otra, no quiero otra. Ni otro cielo, ni otro abrazo en brazos que no sean los suyos, no quiero amanecer entre unas sábanas que me susurren indiferentes nuestra historia.

¡No quiero, no quiero, no quiero!

A este punto las lágrimas ya no me dejan.

Han pasado ocho meses y traigo la misma vida en los bolsillos, sólo que esta vez la ando hecha pedazos.

Otra vez deshojándonos otoño.

Paloma A.

Nota: Texto escrito una noche de Octubre, en respuesta a una pregunta lanzada al aire por mi adorada Maceta.

Complicidad.

Me descubrí con tu rostro entre los párpados cansados, igual que una fotografía hablándole a todos mis sentidos. Y entre susurros y un blues de fondo, comenzó a despertar esa parte de mí que yacía dormida desde el último invierno.

Mis dedos cobraron vida con tu nombre enredado en ellos. Me sedujeron con la ligereza del colibrí, deslizándose insaciablemente. Las caricias que noches atrás prometiste iniciar alrededor de mi cuello y llevar hasta al vientre, no dieron tregua.

Me hubiese gustado detenerme y no seguir hacia donde la imaginación guiada por tu voz nos llevaba, mas me rendí, de la misma forma en que hoy me rindo ante todo lo que me hace sentir viva, de igual modo que hago cuando le planto cara al mar y termino saliendo de entre sus olas hecha trizas.

Pasa que cuando llevas tanto tiempo marchita, un poco de vida sopla y despierta el lado más oscuro de la mujer que desde un rincón de la cocina me habita.

Paloma A. ~